Carta para Esteban

Esteban querido:

Hace unos días atrás, estuve mirando fotos viejas y encontré aquella que nos tomamos en el muelle de esa playa solitaria ¿te acordás?: hacía frío, teníamos unas gruesas camperas; aún no estaban los niños. Recuerdo que me abrazaste fuertemente, mientras me prometías que, cada vez que tuviera frío, vos ibas a estar cerca de mí para apaciguarlo.

Hoy me decidí a escribirte. No se aún con certeza de dónde saqué el coraje para hacerlo; pero aquí estoy: enredada entre recuerdos, dudas, temores, esperanzas, ciertos pensamientos recurrentes y tu imagen. Me pregunto si seguirás siendo el mismo ¡Que pregunta absurda! ¡Ni yo soy la misma!

Quiero que sepas que guardo cada carta que me mandaste: las leo y releo para sentirte cerca. Tus cartas me mantuvieron en contacto con tu realidad; solo así, a la distancia y en su lectura, me permití conocerte sin inventarte, sin condicionarte. Perdonáme lo compleja que fui los últimos tiempos; confundía tu verdadero ser con mi modelo de hombre perfecto y me olvidé de lo maravilloso que es aceptarte tal cual sos, de amar hasta tus defectos.

No quiero extenderme demasiado con viejos asuntos. Este tiempo separados me hizo muy bien: me encontré, te encontré y nos encontré.

Sé que el amor entre nosotros no es ni fue algo implícito, algo que existía por sí mismo, ajeno a nosotros. Quisiera que sepas que estoy dispuesta no a reconstruirlo, sino a construir un nuevo amor entre nosotros, con nosotros y por sobre todo, en nosotros.

Entendéme, esto va más allá de lo que quieren los niños, es algo que decidí yo. Obviamente me gustaría que estés dispuesto y decidido a emprender este nuevo trecho del camino en nuestro amor.

Brindo por tu libertad de decidir la parte que te corresponde, tu propia parte. Sea cual fuere tu decisión, mi sentimiento de hoy por vos es el más puro, sincero e incondicional amor.

Te ama, aquí y ahora, Catalina.

Vero

 

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La vieja sin día ni noche

Afuera: sol, aire tibio, claridad opacada por el smog, calles, autos, trajín, ramas colmadas de hojas recortan el cielo entre cables.

Adentro: ¿Es de día? ¿Es de noche? ¡Qué importa! Gastados corredores, gente que corre, escaleras arriba, escaleras abajo, aire viciado, sauna comunal.

Adentro: Ella y su capa de nylon verde, no es una heroína de comic. Ella, que quizás entró cuando afuera llovía y no tenía dónde ir. Ella, quizás en su “hogar ¿dulce? hogar”. Ella, con su bagaje de diarios y sueños asesinados.

La primera impresión, de lejos y filtrada por la repetición de ver tanta gente pidiendo, produce una especie de indiferencia y hastío entre la gente.

Ella y sus anteojos oscuros, ella y su bastón ¿será ciega? Paso cerca, susurra un idioma desconocido pero entendible: está pidiendo, lamentando. De golpe me insulta: “Hijo de puta”. Es ciega, sí.

Ella, en la escalera del túnel de combinación de subte en la porteña ciudad. Ella, sin día ni noche. Ella, entre aligerados pies que pasan como una tromba, cesan unos minutos o segundos y vuelven a irrumpir para darle la esperanza de: ¿unas monedas? O ¿un gesto amable para seguir?

Vero

Para empezar  el baile: “¡Adentro!”

Frutillas

Podría haber sido cualquier domingo de esos tantos en que saboreo algo más que una caminata por la feria de Mataderos y, en verdad, lo fue. Porque cualquier domingo, en ese mágico punto porteño en que conviven dos ferias bien distintas con centenares de personas y  personajes diversos, con sonidos divergentes que afectivamente confluyen, se encuentran cuadros de situaciones muy particulares, como la de ese domingo de invierno que estaba raramente templado.
En la plaza Juan Bautista Alberdi, justo en la zona de los amarillos aparatos para ejercicios físicos de adultos -que los niños han hecho suyos para jugar, a falta de los maravillosos tubos de caño, arenero, pistas y hamacas que muchos disfrutamos tanto en nuestra infancia-, sonaba coloridamente el cuartetazo. Su camisa semi-abierta en el pecho, por ánimo seductor, y a punto de abrirse en la panza, por los ánimos festivos que se podían adivinar perpetrados entre comilonas familiares y de amigos, se movía con frenesí y algarabía alrededor de su dama. Sus brazos cortos, bronceados y torneados de laburo, rápidos y diligentes tomaban a la rubia. Esos añosos brazos la mecían, la giraban, la agitaban, la alegraban, la traían a esa barriga danzarina y la volvían a soltar. Ella apuraba sus pasos para ir a tono con todos los dibujos que él trazaba sin parar.
Hubo risas, muchas -más de las que vale la pena contar que de las que prefiero olvidar- y su baile fue una fiesta. Ellos, en su vaivén desenfrenado, se miraban, reían y se sonreían.
Sólo unos minutos, dos canciones, me quedé a contemplarlos en la que había sido la feria del trueque a principios del 2000 y, sin ellos proponérselo ni jamás saberlo, me incluyeron en su alegría y mis pies se movieron al compás.

Vero


¡La primera de Vero!

Vero es sabia, Vero es culta, Vero escribe bien, pero sobre todo, Vero, es una gran amiga.  Vero,  es “La pitonisa” . Con este relato, el primero de muchos espero; ¡le doy la bienvenida a Bendita Bohemia!