La cita

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 Perfumada en exceso y con una fuerte presión en el pecho causada por la taquicardia que me provocaran los nervios, llegue diez minutos antes de la hora acordada para la cita.
No podía conjeturar la posible razón de su mensaje. No nos habíamos cruzado en la facultad, ni habíamos coincidido en alguna reunión entre amigos.
-¿Que haces? ¿querés ir a tomar un café el jueves?
-Dale.
Contesté fríamente intentando mostrar naturalidad ante aquel mensaje tan anhelado.
¿Me estará invitando a salir? No había que ilusionarse, si no lo había hecho antes en todos los años que cursamos juntos en la facultad, por qué habría de hacerlo ahora. ¿Se habrá peleado con la novia? Ninguna de estas incógnitas podía yo descifrar de su pobre mensaje de texto. Ni un signo de admiración demás, ninguna inflexión en sus palabras que me permita anticipar aquel encuentro.
Jueves 19 hs, en un bar de la calle Reconquista. Del horario tampoco se podía deducir mucho, aunque después me enteré que el jueves suele ser el día en que los hombres salen de trampa, pero en ese momento no lo sabía.
Cuando lo vi doblar en la esquina quise agarrarme el corazón por miedo a que se me saliera del pecho. Con un andar pausado y seguro, sonriente, llegó hasta mí, que recién terminaba de dar la quinta vuelta a la manzana para fingir despreocupación con el horario. Me saludó con un beso en la mejilla y puso su mano en mi espalda, que no retiró luego del saludo de cortesía mientras me guiaba hacia adentro del bar. El lugar estaba oscuro, por lo que me costó acostumbrar los ojos a la falta de luminosidad interior. Eligió una mesa apartada, con altos sillones que otorgaban privacidad, solo iluminados con un par de velas. Se sentó frente a mí y pidió cerveza, hablamos de nimiedades que fueron bajando mis expectativas.
Mientras pensaba que tal vez fuera un encuentro casual y trataba de hacer foco en la conversación para ocultar mi tremenda desilusión, se hizo un silencio y me miró fijo. Se acerco un poco más, dejando caer parte de su cuerpo sobre la mesa y como si fuera algo muy natural, me explicó:
-Mariela es la mujer que elegí para compartir mi vida, eso no va a cambiar. Cubre prácticamente todas mis necesidades, pero no todas.
Yo me preguntaba si había entendido bien lo que él había insinuado, cuando él se cambió de lugar, sentándose al lado mío y apoyando su mano en mi muslo.
-antes no nos conocíamos mucho, pero ahora somos amigos. Me importa lo que te pasa, no quiero lastimarte.
Se aceró aún más, rozando con su dedo índice mi mejilla y acercando sus labios a los míos completó:
-¿Que decís? ¿Nos vamos a otro lado más íntimo?
Una profunda tristeza me embargó mientras me alejaba lentamente de ese cuerpo tan anhelado. Tristeza por el hombre, tristeza por la mujer, tristeza por el sueño sepultado. Y caminé, lenta y agobiadamente hasta la estación de trenes de Retiro.
Euge Miqueo
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