Animal desalmado

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Y el ánima se encontró

al fin con el animal.

Pensó que serían compatibles

pues a ella sólo

le faltaba una letra,

la “L” para ser como él.

Nunca le faltó tan poco

para encontrar su par.

¡Sorpresa…sorpresa…!

la “L” que le faltaba

a ella era de animal

pero la que tenía él

no era de alma.

Entonces se dio cuenta

que era una bestia.

Más que nunca se distanciaron

con soledades para siempre

irreconciliables.

5

Grabado de Leopoldo Di Salvo. Título “Gótico”. Mención especial, municipalidad de Tres de Febrero-Sapi (pequeño formato) 2009.

Punto rojo

Punto Rojo
Ambos ignoraban la existencia del otro cuando el festejo de fin de año los convocó.
El jardín de la casa de Bea estaba repleto de pequeños grupos de personas conversando. La noche, abierta y fresca, llegaba como un bálsamo luego de un día ardiente y pegajoso.
Ella jamás lo hubiera mirado, parecían personas de mundos diferentes . Él, algo mayor que ella, agitaba su pelo que, escaso y finito, anunciaba una calvicie certera.
Espalda con espalda, sólo unos centímetros de distancia los separaban, cuando el destino, cruel y burlón, los invito a darse vuelta al mismo tiempo. Se miraron y se sonrieron. Una primera y tempestuosa confusión recorrió su cuerpo y la dejó muda. No sentía calor ni frío y perdió sentido del tiempo y el espacio. Lo observó nuevamente y al fin lo tuvo claro: Otro cuerpo, otra cáscara, misma alma.
Su corazón destellante parecía explotar cuando él, finalmente, dijo “hola”.
A ella le hubiera gustado poseer la osadía suficiente para decirle, ahí mismo, que lo había estado buscando. Que no sabía que existía, pero que, sin dudas, lo había estado buscando, que él era su eterno compañero. Le hubiera gustado preguntarle, si él también podía ver el punto rojo en su frente. Le hubiera gustado decirle, que la abrazara tan fuerte hasta cortarle la respiración y que no la vuelva a soltar jamás. Le hubiera gustado, pero dijo “hola”.

Hilo de plata

hilo de plata

Vivíamos en un monoambiente en el barrio Villa Urquiza, sin tele, sin Internet y sin música. Mi marido -novio por aquel entonces- trabajaba y estudiaba en la universidad, con lo cual, no estaba en todo el día. Contrastando con aquella realidad, yo estaba recientemente desempleada, sin ocupación y sin dinero. Pasaba el día encerrada en aquel ambiente ínfimo, sin más compañía que un buen libro.
Teníamos un futón, que hacía las veces de sillón de día y era cama de noche, una mesa de madera con sillas y algunos almohadones. Ése era todo el mobiliario del departamento, lo cual aumentaba mi sensación de soledad.
Sabía que estaba ante un desafío, ya que tendría que controlar los fantasmas que seguro me acecharían en tantas horas ociosas. Tenía que mantener mi mente ocupada y decidí aprovechar mi tiempo leyendo y meditando, así sería un verdadero retiro espiritual.
Empecé aquel día como de costumbre, pasé el día leyendo, salí a dar una caminata y me encargué de preparar la cena. Cuando atardecía, me acomodé en el sillón y empecé a meditar. Respiré profundo tres veces, relajé cada parte de mi cuerpo y luego me entregué a la naturaleza de mi mente. Así era todos los días, sin embargo, aquella vez, fue distinta. Estaba profundamente relajada. Rápidamente deje de sentir el cuerpo, y flotaba entre un estado intermedio entre la vigilia y el sueño. Cuánto tiempo pasó no lo podría precisar, pero en algún momento me pareció que era suficiente y quise retornar, salir de aquella meditación tan profunda. Trate de abrir los ojos, pero no pude. “Tal vez, si empiezo a mover despacio los dedos de los pies” pensé, pero tampoco respondían. ¿Una mano? Nada. Mi cuerpo estaba inerte en esa casa vacía. Aunque pudiera gritar, claramente, no podía,  nadie me escucharía. Las horas  pasaron y empecé a contemplar la posibilidad de que estuviera muerta. Debiera ser lo más probable, podía verme desde arriba, mi pensamiento funcionaba correctamente,  pero no lograba moverme. ¡Justo ahora! ¡No quería morirme!
Sin embargo, en algún momento me entregué. Cuando me acomodé en la idea de la muerte y me deje llevar por el proceso, escuché la llave de la cerradura. Sin poder abrir los ojos todavía, observé, desde arriba de la habitación, como él entraba despacio. Creyó que estaba dormida, y como un príncipe de cuentos de hadas, se acercó hasta dónde yo estaba casi inerte y me besó la frente. Su caricia sobre mi mejilla, su aliento tibio me dieron el impulso necesario para encontrar el hilo de plata y así volver a sus brazos, de los cuales no me he vuelto a ir jamás.

Euge Miqueo

Sueño

Sueño

Íbamos caminando por la rivera del río, en Vicente López. Era un día lluvioso y frío pero no importaba, ese día había magia. Habíamos conversado por horas, con un nivel de conexión poco usual, aún entre dos amigas íntimas. Como si los límites de la personalidad se borraran y la conciencia de unidad nos embargara. El tiempo transcurría más lento, casi eterno. “¿Sabés lo que soñé anoche?” dije, como introducción a mi relato, y pasé a describir lo que recordaba. Se sonrío, me miró y sentenció:

“Yo también lo soñé”.

Euge Miqueo

Ongamira

Salto de los comechingones
Los españoles los vieron en la cima del cerro; jamás adivinaron lo que vendría. No hay peor infierno que la esclavitud supieron, y se liberaron. Familias enteras saltaron al vacío, confiando en que sus dioses los albergarían. El ego herido de los conquistadores se lleno de odio. Familias enteras lanzándose del cerro, con un grito guerrero los maldecían. Un instante antes de saltar, la niña se dio vuelta y los miró. Su mirada triste y asustada los acecho durante varias noches. De profundo pesar era el rostro curtido de la madre, que con el dolor de mil flechas incrustándose en el pecho tomó la mano temblorosa de su hija, y juntas terminaron con su vida. No había salida, y ella bien lo sabía.
Euge Miqueo

Recuerdos de Maya

Mi tierra
Rara la nostalgia de un pasado antes de esta vida. Reverencia a ese lugar que siento mío pero no reconozco en el mapa, una existencia tan lejana, tan real aquella tierra, mi tierra.  El pasto verde y húmedo recibe mis pies descalzos, el corazón se ensancha, el alma descansa.
Una mirada fiera y penetrante me saca del idilio, frente con frente mi antiguo caballo me increpa, mostrando la bravura de los años de desencuentro. Le acaricio la quijada con tranquilidad y lagrimas tragadas,lo miro fijo y lo monto a pelo, abrazándolo volvemos a ser uno, como en aquellos tiempos.
No quiero despertarme, mi tierra y yo fuimos una,  verde el pasto, verde mi alma. Siento mi espíritu diseminado en las plantas, en las flores y hasta en las montañas. Maya fue el nombre que designaron mis antepasados, Maya fue el nombre que marco mi vida y marco mi alma.
Siento venir la mañana, no quiero despertarme, no me lleves alma mía de esta tierra tan lejana. El pecho se comprime, las lagrimas amargas pueblan mi mirada. La luz entra por la ventana, el tiempo se acaba…
Me despido de mi gente, mi caballo y mi morada. Por allí seguirá el perfume de lo que fui en esa tierra amada.
Euge Miqueo

Oración

Suculenta
Que se haga la luz y se muestre el camino que esta marcado, el que yo previamente diseñe. El que espera mi recorrido.
Que se muestre la arcilla que espera informe estas manos hacedoras, el moño que cierra el paquete. La epifanía que da sentido a la historia.
Que se devele el misterio, que se allane el camino, que se amplíe la vista.
Mi cabeza de plata acecha sin tregua, no quiero esperar al último latido para entender la vida.
Que el pensamiento se ablande,el cinturón se afloje y la expectativa ceda.
Que recupere la memoria de lo que fui y de lo que vine a hacer, que encuentre el coraje, que me ubique en el mapa.
Que el valor me invada y la opinión resbale.
Que se haga la luz y se muestre el camino, que el destino me bese la frente y que esta plegaria encuentre final.
Euge Miqueo