Un recuerdo fugaz

Por @claritaspina

¡Griselda Tessio vuelve a Bendita Bohemia!

Esta vez nos invita a viajar al pasado, hacia unos lejanos años por la Ciudad de Santa Fe…

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Ph. Carla Pezé

Todas las mañanas muy temprano, un grupo de adolescentes se cruzaba con un joven solitario por Boulevard Gálvez, a la altura de calle San Martín. A veces un poco antes. Era evidente que ellas y él caminaban hacia sus colegios: a las Adoratrices ellas, y él, suponían que a la Escuela Industrial, ya que llevaba carpetas de diseños y una regla T.


En las frías mañanas de agosto o septiembre, cuando empezaban a florecer los lapachos tapizando de rosado las anchas veredas, o más tarde en octubre, con los jacarandaes y el aroma a los jazmines, para terminar ya el año en noviembre, con las brasas encendidas de los chivatos; ese camino podía ser una fiesta.


Ellas iban en bandadas como las golondrinas, riendo felices a pesar, tal vez, de la prueba de Física que las esperaba, sin dejarse atemorizar por los desgarros de la vida que a veces las azotaban. Había una en especial que no quería dejarse vencer y soñaba con futuros de gloria aunque su presente no era luminoso como el de muchas de sus compañeras. Por eso, mientras gozaba del aire frío que inundaba sus pulmones o del primer helado de vainilla del verano, el cual dejaba en la boca un sabor a árboles del Trópico, reía igual que las otras, con despreocupación, pero cerrando los ojos y yéndose lejos cada tanto, sonriendo apenas y mirando en escorzo.

 

Era una de ellas, de las que reían y gritaban pero no lo era del todo. Tal vez porque no gritaba, tal vez porque era distinta, tal vez porque era la estudiosa, la reservada. Tal vez porque escondía muchos secretos que solo a su diario confiaba hasta que un día lo perdió y creyó morir cuando su madre le dijo que en realidad no había habido pérdida sino secuestro y que pensaba enviarlo a la Hna. Directora para que supiera qué clase de persona era.


Esa era la que cruzaba miradas con el joven moreno y a ambos la risa les subía por los ojos, mientras que las miradas se enhebraban en rizomas.
Las compañeras empezaron a darse cuenta y la algarabía se hacía más ruidosa al divisarlo de lejos y esperar el momento en que se cruzaran los pasos. Había chanzas y algo parecido a la envidia para la que había merecido la atención del muchacho.


Una mañana de los encuentros silenciosos, a la chica de las miradas profundas y caídas de ojos como Marlene Dietrich, justo en el momento en que casi se tocaban al cruzarse, se le cayó algo tan prosaico como una escuadra, y él, rápido como un ciervo, se agachó a recogerla y entregarla con el susurro de “gracias” de ella, más pensado que musitado. Por unas cuadras nadie habló. Muchas de las muchachas creyeron que ella había dejado caer su escuadra de intención y se asombraban que la más seria del grupo se hubiera animado a tanto. Porque así eran las cosas por entonces.


Luego vinieron las vacaciones y nunca más vieron al joven de mirada profunda. Nunca supieron su nombre ni dónde vivía.
Ella lo borró de sus recuerdos porque ni siquiera había un recuerdo que guardar.


Hoy ella es una mujer que camina hacia la ancianidad y todos los días recoge fragmentos, breves luminosidades de ese largo camino que fue su vida y atesora momentos felices que la hacen sonreír con nostalgia; o aquellos otros, los peores, los que aún duelen y a veces, aún ahora, llora con desgarro, con desesperación porque sabe que no puede volver a aquellos días a recuperar nada y menos a perdonar. Entonces siente que se hunde en aguas negras, en zambullidas bajo la marea oscura hasta que el deseo la sacude y vuelve a respirar, con la línea de la costa a lo lejos. Sabe, eso sí que lo sabe, que hombres bellos como ése de la regla T y tantos otros que pasaron a su lado y ella casi sin verlos los dejó pasar, no volverán jamás.

Griselda Tessio

 

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Ordenar la biblioteca

Por @claritaspina

Clarita Spina presenta a Griselda Tessio, e invita a conocer sus escritos que nos trasladan hacia esos costados mágicos e íntimos de nuestras almas.

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Que no es buena cosa ésta de andar ordenando bibliotecas.

Porque es como las noches de ronda, que hacen daño, que dan pena, que se acaba por llorar.

En verdad, durante cuatro largos y agitados años se fueron acumulando libros regalados y comprados,  documentos, carpetas, objetos imprecisos y prescindibles, mapas, banderas, relojes, bandejas y cosas varias imposibles de encontrarles lugar adecuado, suponiendo que una quisiera encontrar un lugar.

Entonces la idea de ordenar el caos parecía atractiva, pero no contaba con la real dimensión del caos. Sabemos que “en el principio era el Verbo”, y el caos de las bibliotecas es doblemente caótico porque es el desorden de la palabra de la que suponemos ordenaría el caos primigenio.

Empezamos a convencernos de que hay libros que, más allá de todo fetichismo, debemos regalar y tratar que caminen solos; hay libros que no volveremos a leer y otros que nunca hemos leído ni vamos a hacerlo; hay algunos patéticos en su presuntuosidad y otros pobrecitos en su nadería. Pero hay otros -¡ay esos otros!- que leemos y releemos, y de los cuales somos amigos después de intensas batallas de las que salimos, ambos, extenuados.

La biblioteca es un gran cubo de tiempo resguardando lo que suponemos es el saber, pero también es una caja de espacio que invade cada vez más territorios. Por eso se hace necesaria la tarea de seleccionar que, como cualquiera sabe, es una forma de censura.

Y entonces armamos cajas, bolsas y maletas. A alguna biblioteca pública en formación van a ir a parar, porque las bibliotecas se reproducen y tienen hijos que es necesario abrigar hasta que caminen solos. Aún los que hemos desechado no es con indiferencia que preparamos su exilio.

Al final de la tarea, el espacio conseguido es escaso porque muchos sentenciados tuvieron su amnistía a última hora, y el orden que nos impusimos con el método necesario como para que no siempre se nos pierda el texto que necesitamos urgente, o aquel que contiene el poema que justo en ese momento quisiéramos leerle a alguien; ese orden digo, no sirve. Porque nos damos cuenta que los libros han empezado a tejer sus redes de telarañas, que dialogan y casi que saltan de lugar para esconderse o agruparse como les gusta.

Creemos ordenar la biblioteca pero en realidad son los libros los que nos ordenan.

Allí una se da cuenta de los libros que se nos han perdido quién sabe dónde: las Vidas paralelas que era de mi padre, o el Robinson Crusoe edición bilingüe que no aparecen. Y pienso en alguien que asaltó mi biblioteca como los vándalos de Algerico llevándose las obras de Thomas Mann o La flauta de jade comprada en Buenos Aires a mis quince años. Aunque, debo decirlo, encuentro otros dedicados con amor con su letra de escuela primaria.

Y otras dedicatorias se van abriendo paso: la de mi amigo Angel Gertel en los cuentos de Rozenmacher, o algún texto de Weber que era de Alberto Tur y su muerte me sorprendió sin devolverlo. Y otros de los amigos que ya no están pero aún siguen conmigo.

Entonces, ordenar una biblioteca es, aunque no lo sepamos, interpelar a la memoria. Cada libro es una fecha, una etapa que fue pero sigue estando en un objeto que articula palabras, ideas, utopías.

Al anochecer del primer día del emprendimiento de la faena empecé la lectura de La biblioteca de noche de Alberto Manguel, el genial escritor de La historia de la lectura. Allí encuentro que, casi es obvio aclararlo, el libro resignifica las bibliotecas como guardianes de la memoria de otros libros y otros hombres. ”Si una biblioteca es un espejo del universo, un catálogo es un espejo de ese espejo”. Manguel lucha por confeccionar su catálogo; yo ya he renunciado a ello.

En las tardes de invierno, con la lámpara ya encendida y escuchando los pájaros que vuelven a sus nidos, mi biblioteca, aún en desorden, es la caverna originaria, el lugar de los relatos antiguos, el madero que salva de las aguas de las heridas.

Griselda Tessio

 

clarita

Nacer a los veintisiete

Por @eugemiqueo

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Nací hace doce años una noche de primavera en un boliche del barrio de Palermo. Había archivado las expectativas y enterrado las esperanzas: El amor era para otra vida.

Como única compañera la soledad me había calado en los huesos pero su prima hermana, la libertad, comenzaba a conquistarme. Hacía y deshacía a mi manera,  sin brindar explicaciones ni recibir reproches; cuando al darme vuelta lo vi: Jean oscuro, camisa bordo, pelo largo que acariciaba los hombros mientras los movía al compás de la música. Él también me miró. Se acercó, se presentó y me pidió una pieza. Seis meses después, vivíamos juntos.

Mi segunda vida se parecía bastante a la primera, sólo que era completamente diferente. Me levantaba temprano, a la misma hora de siempre; desayuna café con leche, lo mismo de siempre; iba a trabajar, al mismo lugar de siempre; tenía tres amigas, las mismas de siempre.

Para el ojo ordinario, poco entrenado, casi nada había cambiado; sin embargo mi nueva vida nada tenía en común con la primera: ya no habito un cuerpo, sino dos. Ahora se con certeza lo que significa sentirse amado; llegar a mi casa tarde y encontrar el pijama preparado en el living y una luz prendida. Tener un día difícil y encontrar un oído dispuesto y  un abrazo a mano, un mate calentito acompañado, un silencio compartido y una caricia para mis pies helados.

 

Euge Miqueo

 

La cita

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 Perfumada en exceso y con una fuerte presión en el pecho causada por la taquicardia que me provocaran los nervios, llegue diez minutos antes de la hora acordada para la cita.
No podía conjeturar la posible razón de su mensaje. No nos habíamos cruzado en la facultad, ni habíamos coincidido en alguna reunión entre amigos.
-¿Que haces? ¿querés ir a tomar un café el jueves?
-Dale.
Contesté fríamente intentando mostrar naturalidad ante aquel mensaje tan anhelado.
¿Me estará invitando a salir? No había que ilusionarse, si no lo había hecho antes en todos los años que cursamos juntos en la facultad, por qué habría de hacerlo ahora. ¿Se habrá peleado con la novia? Ninguna de estas incógnitas podía yo descifrar de su pobre mensaje de texto. Ni un signo de admiración demás, ninguna inflexión en sus palabras que me permita anticipar aquel encuentro.
Jueves 19 hs, en un bar de la calle Reconquista. Del horario tampoco se podía deducir mucho, aunque después me enteré que el jueves suele ser el día en que los hombres salen de trampa, pero en ese momento no lo sabía.
Cuando lo vi doblar en la esquina quise agarrarme el corazón por miedo a que se me saliera del pecho. Con un andar pausado y seguro, sonriente, llegó hasta mí, que recién terminaba de dar la quinta vuelta a la manzana para fingir despreocupación con el horario. Me saludó con un beso en la mejilla y puso su mano en mi espalda, que no retiró luego del saludo de cortesía mientras me guiaba hacia adentro del bar. El lugar estaba oscuro, por lo que me costó acostumbrar los ojos a la falta de luminosidad interior. Eligió una mesa apartada, con altos sillones que otorgaban privacidad, solo iluminados con un par de velas. Se sentó frente a mí y pidió cerveza, hablamos de nimiedades que fueron bajando mis expectativas.
Mientras pensaba que tal vez fuera un encuentro casual y trataba de hacer foco en la conversación para ocultar mi tremenda desilusión, se hizo un silencio y me miró fijo. Se acerco un poco más, dejando caer parte de su cuerpo sobre la mesa y como si fuera algo muy natural, me explicó:
-Mariela es la mujer que elegí para compartir mi vida, eso no va a cambiar. Cubre prácticamente todas mis necesidades, pero no todas.
Yo me preguntaba si había entendido bien lo que él había insinuado, cuando él se cambió de lugar, sentándose al lado mío y apoyando su mano en mi muslo.
-antes no nos conocíamos mucho, pero ahora somos amigos. Me importa lo que te pasa, no quiero lastimarte.
Se aceró aún más, rozando con su dedo índice mi mejilla y acercando sus labios a los míos completó:
-¿Que decís? ¿Nos vamos a otro lado más íntimo?
Una profunda tristeza me embargó mientras me alejaba lentamente de ese cuerpo tan anhelado. Tristeza por el hombre, tristeza por la mujer, tristeza por el sueño sepultado. Y caminé, lenta y agobiadamente hasta la estación de trenes de Retiro.
Euge Miqueo

Verdades fanatizadas

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Toda verdad es una verdad a medias, sesgada y contaminada. En el mejor de los casos, bien intencionadamente parcializada por condicionamientos culturales y mediáticos. En esta coyuntura mediática y politizada, es un desafío no desatender nunca la estrechez de nuestra visión, por más informados que creamos estar.
Las verdades absolutas no existen, pero salir a defenderlas a viva voz resulta tentador.
El fanatismo nos tienta con sus cantos de sirena, nos promete contención y la irresistible sensación de sentirse parte de algo más grande que uno mismo. A cambio de la parcialidad de nuestra mirada nos abraza y nos cobija con mutuo entendimiento, pero nos cuesta caro. Tal vez, el más caro baluarte con el que contemos los seres humanos, el discernimiento.
Euge Miqueo

Clara

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Cuando la conocí, ella tenía 13 y yo 17, sin embargo, ella parecía mucho más adulta que yo. Decía lo que se le antojaba sin medir consecuencias, parecía muy segura de sí misma y ya contaba con algún novio en su joven prontuario .
Su opinión nunca pasó desapercibida, su juicio, tan severo como certero, no condice con su tono dulce y aniñado. Injustamente, se la ha catalogado de fría y arrogante, pero quienes lo hicieran no conocían su joven sabiduría. Nunca divisé en ella un ápice de temor, jamás la vi temer a nada ni a nadie. De su desfachatez sólo la salva su dulzura y su mirada, que en un vuelo de pestañas encanta con ternura y fascinación.
Fue maestra y ejemplo a seguir en materia de honestidad y seguridad. Ministra de amistad y lealtad.
Nosotros, los mortales, vamos al psicólogo, al gurú y nos devoramos los libros de la sección autoayuda. Clara, es. Simplemente. Bella, sabia, clara. Amiga como pocas, fiel como ninguna.
 Euge Miqueo

Oda al Fracaso

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Hoy tengo una lista de fracasos para regalarte. Si. Uno a uno, mis errores quiero darte. Deseo, que desde temprana edad conozcas mis oscuridades. Que sepas que fui mala y mentirosa.Que actué con rencor y egoísmo. Que desee cosas que ni siquiera me atrevo a recordar. Quiero que sepas que fui desprolija, torpe y despistada. Que repetí primer año y no tuve amigas hasta bien entrada la secundaria.

Quiero que sepas, que de mis fracasos me edifique, que cambie tantas veces de carrera que ya perdí la memoria. Que me despidieron de varios trabajos y que fui cobarde.

Quiero que sepas, que ésta es tu mamá, rota, destrozada y vuelta a armar. Imperfecta. Ya ves, cachorro mío, has tenido suerte. Acumulé tantos fracasos como alegrías, de las cuales, vos sos su máxima expresión.

Con esta pequeña confesión no pretendo agigantar mi imagen heroica, sin falsa humildad quiero motivarte. Animate a fracasar vos también, prometo estar con vos para abrazarte. Se desprolijo e imperfecto. Disfruta del goce de intentarlo una vez más. Equivocate, cada vez que sea necesario, equivocate. No hay nada, pero nada, más muerto, opaco y aburrido que la perfección

Te amo siempre, mamá.

Euge Miqueo