Un cuarto propio, de Virginia Woolf

Por @claritaspina

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Virginia  Woolf expuso en una conferencia en Cambridge una sumatoria de ideas, que luego se editaron y publicaron en un libro llamado “Un cuarto propio”, en el año 1929.

A través de estas palabras, podemos observar cómo ella dedicó mucho tiempo a estudiar y analizar, en lugares como la Biblioteca Británica de Londres (la cual todavía se situaba dentro del Museo Británico), la situación de la mujer. Su situación económica, y todo lo relacionado a la emancipación de la mujer como eterna esclava y sirvienta del género masculino.

 Virginia expone el hecho de que una mujer necesita ganar 500 libras al año y tener un cuarto propio, sin interrupciones o distracciones, para poder realizar su trabajo y labor como escritora, novelista, ensayista o poeta. Ella hace un relevamiento de, primero, el lugar que ocupaba el género femenino en todos los tipos de relaciones humanas: su imposibilidad de elegir realmente con quién contraer matrimonio, y luego, sus castigos si se rehusaban a las elecciones paternas. Castigos físicos de la talla de encierros con llave, golpes y abusos físicos por toda la habitación. Y es muy irónico observar cómo, sin embargo, en la existencia de mujeres en la ficción escrita por hombres, se las mostraba como personas de máxima importancia, muy heroicas, espléndidas, bellas y tan o más grandes que los hombres. Dice Virginia: “emerge así un ser muy raro, mixto. Imaginariamente, de la mayor importancia, pero prácticamente, por completo insignificante”. A éstas conclusiones llegaba ella, luego de pasarse horas leyendo a historiadores y poetas hablando de ellas, las mujeres.

Tiene una firme postura frente al hecho de que para ella alguna suerte de genio debe de haber existido entre las clases media y obrera, cuando aparecen en la historia relatos de brujas echadas al agua, mujeres poseídas por demonios o sabias vendedoras de hierbas naturales. “Pienso que estamos tras los rastros de una novelista perdida, una poeta reprimida”, dice Virginia. Es muy hermosa su conjetura de que “Anónimo, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer”, y que por otro lado “mujeres víctimas de una lucha interior, procuraron velarse usando nombre de hombre”, como George Eliot, Currer Bell, Ellis Bell y George Sand (entre ellos, escondidas las hermanas Brontë).

Hasta antes de que se produjeran los cambios más drásticos en los lugares que ocupaba la mujer, pensadores masculinos todavía expresaban que la atención a los hombres y su situación de estar mantenidas por ellos por siempre, constituían lo esencial en su ser. Y que nada podría esperarse de las mujeres intelectualmente. Aún en el siglo XIX, a una mujer no se la alentaba a ser artista; se la desairaba, abofeteaba y sermoneaba. Esa situación de inferioridad frente a la superioridad de ellos, obstruía su camino hacia las artes y hacia la política también.

“La historia de la oposición de los hombres a la emancipación de las mujeres es más interesante quizás que la historia de la emancipación misma”.

Hubo un gran salto histórico en esta lucha, cuando apareció Aphra Behn, la primera mujer que pudo trabajar con hombres en términos de igualdad. Aquí comenzó la libertad mental, o la posibilidad de que con el transcurso del tiempo, la mente fuera libre. Ella demostró que se podía ganar dinero escribiendo, más allá de todos los sacrificios que había que hacer para lograrlo. Pero se logró. Y escribir se volvió de importancia práctica.

Gracias a estas primeras mujeres lanzadas a la escritura -precursoras indiscutidas- es que escritoras como Jane Austen, George  Eliot y las Brontë pudieron realizar sus obras. Como dice Virginia: “las obras maestras no son nacimientos individuales y solitarios, sino el resultado de muchos años de pensamiento en común, de modo que la experiencia en masa está detrás de la voz individual”.

Retomemos la idea del cuarto propio. Un espacio donde una como mujer pudiera desenvolverse con total libertad, sin estar bajo la mirada de ninguna otra persona. Sobre todo, ningún hombre. No era posible. Las familias de clase media de comienzos del siglo XIX poseían un único cuarto de estar común para todos. Y si a una mujer se le hubiera ocurrido escribir, tendría que haberlo hecho en ese espacio. Por ejemplo, Jane Austen desarrolló su escritura en ese tipo de sala, sujeta a un montón de interrupciones casuales. Es más, para no ser descubierta escondía sus manuscritos o los cubría con papel secante.

Otra cosa que no tenían, era tiempo para ellas. “Las mujeres nunca tienen media hora que puedan llamar suya”, expresaba la Srta Nightingale, reconocida pionera de la enfermería moderna. Era imposible andar sola para una mujer. No podían viajar o comer solas. Estaban siempre atadas a la presencia de otras personas que las acompañaban.

Pero cuando fueron adentrándose en el mundo de la escritura, los tipos de formatos literarios que escribían, eran novelas. Porque llevaban siglos presenciando y afinando sus sensibilidades frente a todas las personas y sus emociones. En esos cuartos de estar común, se habían grabado en sus retinas y oídos todas las relaciones personales, con sus sentimientos involucrados.

Hay un punto importante, cuando Virginia recalca en que en muchas obras, la sensación personal de la novelista arrasa con la intención real del libro y sus personajes. Y esto se debe a que era tal el hostigamiento, la presión y la no libertad que vivían las mujeres, que por momentos perdían el objetivo de sus novelas y se dejaban llevar por la expresión y catarsis de sus pensamientos y dolencias. Por ejemplo: “en los pasajes de Jane Eyre, es claro que la furia estaba alterando la integridad de la Charlotte novelista. Ella abandonó el relato, al que debía toda su devoción, para atender algún agravio personal. Recordó que la habían privado de su cuota de experiencia, haciéndola estancarse zurciendo medias cuando ella quería vagar libre por el mundo”.

Es sana, potable, buena y duradera la constante renovación entre las ideas y pensamientos de los sexos opuestos. Porque todas nuestras acciones demuestran cierta necesidad y dependencia entre los mismos. Así obtenemos estímulos que quizás de otra manera no podríamos conseguir; el contraste entre ambos mundos nos da renovación y vigor. “Habría en la charla, entre hombre y mujer, semejante diferencia de opiniones que las ideas secas en él se fertilizarían de nuevo”, espeta Virginia.

“Las mujeres han estado sentadas dentro de la casa todos estos millones de años, de modo que para estos tiempos las mismísimas paredes están impregnadas de su fuerza creativa.

Y este poder creativo difiere enormemente del poder creativo de los hombres. Sería mil veces una lástima si lo obstaculizaran o despreciaran, pues se ganó con siglos de la más drástica disciplina, y no hay nada que ocupe su lugar. Sería mil veces una lástima si las mujeres escribieran como hombres, o vivieran como hombres, o tuvieran aspecto de hombres…” y agrego yo, que sería mil veces una lástima si fuera a la inversa también. Porque insisto, nos enriquecemos como seres distintos, gracias a los unos y los otros que nos rodean. Cada momento y en cada lugar. “Una tiene un instinto profundo a favor de la teoría de que la unión de hombre y mujer conducen a la máxima satisfacción, la felicidad más completa”.

Virginia culmina exponiendo que la razón por la que ha insistido tanto en la posesión de dinero y un cuarto propio para emanciparnos económica e intelectualmente, se resume en el simple hecho de que la mujer no ha tenido ni la más remota posibilidad de escribir y valerse por ello en todo este tiempo. Piensa a la vez, en que no quisiera volverse materialista, entendiendo que la mente puede elevarse por encima de estas cosas, y que muchos grandes poetas han sido pobres. Al fin de cuentas, es mucho más importante ser una misma que cualquier cosa. Y nuestros objetivos no tendrían que ser quizás influir en las demás personas, sino pensar en las cosas en sí. Para nuestra mente, para nuestra vida, para nuestro espacio.

“Tiene que darse en la mente alguna colaboración entre la mujer y el hombre antes que el arte de creación pueda lograrse. Tiene que consumarse algún matrimonio de opuestos. La mente entera tiene que estar abierta de par en par si hemos de conseguir la sensación de que el escritor está comunicando su experiencia con absoluta plenitud. Debe haber libertad y debe haber paz.

Pues el estado normal y cómodo del ser es aquel en que los dos viven juntos en armonía, cooperando espiritualmente”.

clarita

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