Treinta años de amor y una lucha desesperada

Leticia toma su guardapolvo recién planchado, el blanco brilla iluminado por el sol de primera de aquella tarde en Almagro. Llegando a la puerta siente cinco dedos apretando su brazo con fuerza, es la mano de su marido, que parece suplicar que se quede. Las imágenes de sus mejores años de lucha conjunta vienen a su mente, piensa nosotros los de entonces ya no somos los mismos.

Ese invierno del ’66 él la abrigó en la fría noche en la que durmieron en los pasillos de la facultad de Ingeniería. Esa primera cita se pasó entre discusiones sobre Sartre y alabanzas a los temas de los Beatles. La lucha universitaria los encontraba jóvenes y soñadores.

Te recuerdo como eras en el último otoño.

Eras la boina gris y el corazón en calma

En tus ojos peleaban las llamas del  crepúsculo.

Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Pero los bastones de la noche del 29 de julio apagaron el espíritu revolucionario de Leticia y la inclinaron por el camino seguro de la enseñanza primaria. Al menos así lo creía, el tiempo estaba germinando en ella una renovada sed de lucha, que ninguna represión podía alcanzar.

Quien la sostiene del brazo es su compañero de los últimos 30 años, pero ante sus ojos se presenta un desconocido. No añora su pelo largo o sus debates de rock, añora a quien se encendía por la búsqueda de un futuro mejor. Detrás de ese traje gris y ese maletín que lleva religiosamente a la empresa donde trabaja, ya no quedan los restos de quien no consideraba una locura acampar noches y sufrir golpes si los ideales estaban en juego. Su inocencia, sus sueños utópicos de juventud se marchitaron en el trajín de la rutina.

Apegada a mis brazos como una enredadera,

las hojas recogían tu voz lenta y en calma.

Hoguera de estupor en que mi sed ardía.

Dulce jacinto azul torcido sobre mi  alma.

Pero Leticia sabe que ella es diferente, un destello de pugna aún flamea en ella. Atrás quedan las dudas y los temores, ya no existe en su ser el miedo que impuso la falta de garantías, su vocación docente se forjó en democracia, ahora no podía detenerla nadie, ni su amor.

Leticia siente que ya no tiene 18 años: el presente la necesita. Siente que no hay seguridad que valga la indiferencia a este noble sentimiento que la empuja a dejarlo todo por lo que sueña. No lucha por una utopía, lucha por la realidad. Lucha por ella, por todos y al igual que otras veces no lo hace sola sola, muchas son las voces que se unen, así como se unen las moléculas de agua, ofreciendo cierta resistencia al intentar romperla.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:

boina gris, voz de pájaro y corazón de casa

haciadonde emigraban mis profundos anhelos

y caían mis besos alegres como brasas.

Su marido le suelta el brazo delicadamente, transformando ese apretón en una suave caricia de despedida. No hace falta palabra alguna, la mira fijo a sus ojos infinitos, y su mirada revela mucho más de lo que él quisiera. Se declara vencido ante la obstinada determinación.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.

Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!

Más allá detus ojos ardían los crepúsculos.

Hojas secas de otoño giraban en tu alma

La puerta del hogar se cierra. El viento de la tarde gira en el cielo y canta. El sol ilumina todo a su alrededor. Brilla en Leticia una sonrisa, como brilla el blanco guardapolvo, como brilla en la plaza la carpa blanca. Piensa, quien lucha por el futuro ya lo vive en el presente.

Ficha técnica

Cuento: Marianela Carrizo, Valentina Zucchi y Camila Belardes (Profesorado en letras Universidad de San Martín)

Poema: Palblo Neruda. Poema n°6. Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Este post está auspiciado por Kahlo Macetas. ¡Visitalas!

 

 

 

 

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