Un perro en tren

 

Perro

Jamás me había interesado en los animales, pero la ternura de su mirada me cautivó. Será que estaba tan perdido en la vida como yo que, al instante, nos entendimos.
Trabajaba como promotora, repartiendo volantes en una esquina del barrio de Martínez, cuando él se acercó y se echó a mi lado.
Me estudió un largo rato, observó cada movimiento y determinó su fidelidad.
Azabache el pelaje, grasiento y duro, hacía evidente su estirpe de callejero. Ojos color miel y cabeza gacha, me miró rogando una caricia cuando con su hocico dió un golpe que levantó mi mano. No tuve más opción que acariciarlo, aún sabiendo que, si lo hacía, lo traicionaría. En mi casa no se aceptaban perros y eso había quedado claro.
Las doce del mediodía marcaron el final de la jornada laboral, y pretendiendo normalidad, me subí al tren y me fui a mi casa.
Pasó el día, luego la noche y, al volver a mi esquina, allí esperaba mi nuevo amigo. Tranquilo, con la certeza de que ganaría la batalla, esperó, día tras día, hasta completar la semana. Llegó el viernes, último día laboral, y con viveza animal, estiró las piernas, se sacudió la mugre y empezó la caminata. Miraba yo de reojo a mi fiel amigo que me seguía y aminoré la marcha. Llegué a la estación y esperé el tren. De un salto se subió y se echó a mi lado. Me miró y sonreí. Tendremos que ponerte un nombre, pensé. Con determinación y viveza canina, Felipe -así lo llamamos- había puesto fin a sus días callejeros.

Euge Miqueo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s