Punto rojo

Punto Rojo
Ambos ignoraban la existencia del otro cuando el festejo de fin de año los convocó.
El jardín de la casa de Bea estaba repleto de pequeños grupos de personas conversando. La noche, abierta y fresca, llegaba como un bálsamo luego de un día ardiente y pegajoso.
Ella jamás lo hubiera mirado, parecían personas de mundos diferentes . Él, algo mayor que ella, agitaba su pelo que, escaso y finito, anunciaba una calvicie certera.
Espalda con espalda, sólo unos centímetros de distancia los separaban, cuando el destino, cruel y burlón, los invito a darse vuelta al mismo tiempo. Se miraron y se sonrieron. Una primera y tempestuosa confusión recorrió su cuerpo y la dejó muda. No sentía calor ni frío y perdió sentido del tiempo y el espacio. Lo observó nuevamente y al fin lo tuvo claro: Otro cuerpo, otra cáscara, misma alma.
Su corazón destellante parecía explotar cuando él, finalmente, dijo “hola”.
A ella le hubiera gustado poseer la osadía suficiente para decirle, ahí mismo, que lo había estado buscando. Que no sabía que existía, pero que, sin dudas, lo había estado buscando, que él era su eterno compañero. Le hubiera gustado preguntarle, si él también podía ver el punto rojo en su frente. Le hubiera gustado decirle, que la abrazara tan fuerte hasta cortarle la respiración y que no la vuelva a soltar jamás. Le hubiera gustado, pero dijo “hola”.
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