Hilo de plata

hilo de plata

Vivíamos en un monoambiente en el barrio Villa Urquiza, sin tele, sin Internet y sin música. Mi marido -novio por aquel entonces- trabajaba y estudiaba en la universidad, con lo cual, no estaba en todo el día. Contrastando con aquella realidad, yo estaba recientemente desempleada, sin ocupación y sin dinero. Pasaba el día encerrada en aquel ambiente ínfimo, sin más compañía que un buen libro.
Teníamos un futón, que hacía las veces de sillón de día y era cama de noche, una mesa de madera con sillas y algunos almohadones. Ése era todo el mobiliario del departamento, lo cual aumentaba mi sensación de soledad.
Sabía que estaba ante un desafío, ya que tendría que controlar los fantasmas que seguro me acecharían en tantas horas ociosas. Tenía que mantener mi mente ocupada y decidí aprovechar mi tiempo leyendo y meditando, así sería un verdadero retiro espiritual.
Empecé aquel día como de costumbre, pasé el día leyendo, salí a dar una caminata y me encargué de preparar la cena. Cuando atardecía, me acomodé en el sillón y empecé a meditar. Respiré profundo tres veces, relajé cada parte de mi cuerpo y luego me entregué a la naturaleza de mi mente. Así era todos los días, sin embargo, aquella vez, fue distinta. Estaba profundamente relajada. Rápidamente deje de sentir el cuerpo, y flotaba entre un estado intermedio entre la vigilia y el sueño. Cuánto tiempo pasó no lo podría precisar, pero en algún momento me pareció que era suficiente y quise retornar, salir de aquella meditación tan profunda. Trate de abrir los ojos, pero no pude. “Tal vez, si empiezo a mover despacio los dedos de los pies” pensé, pero tampoco respondían. ¿Una mano? Nada. Mi cuerpo estaba inerte en esa casa vacía. Aunque pudiera gritar, claramente, no podía,  nadie me escucharía. Las horas  pasaron y empecé a contemplar la posibilidad de que estuviera muerta. Debiera ser lo más probable, podía verme desde arriba, mi pensamiento funcionaba correctamente,  pero no lograba moverme. ¡Justo ahora! ¡No quería morirme!
Sin embargo, en algún momento me entregué. Cuando me acomodé en la idea de la muerte y me deje llevar por el proceso, escuché la llave de la cerradura. Sin poder abrir los ojos todavía, observé, desde arriba de la habitación, como él entraba despacio. Creyó que estaba dormida, y como un príncipe de cuentos de hadas, se acercó hasta dónde yo estaba casi inerte y me besó la frente. Su caricia sobre mi mejilla, su aliento tibio me dieron el impulso necesario para encontrar el hilo de plata y así volver a sus brazos, de los cuales no me he vuelto a ir jamás.

Euge Miqueo

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