Madurez

Vive Rie Ama
Poco a poco voy dejando la petulante seriedad de la adultez. Esa almidonada y falluta que mira con nostalgia la pila de juguetes en el cuarto de mi hijo. Todo comenzó como un chiste, un deseo en voz alta, esperando una mirada cómplice que lo rescatara. Y si bien no le escribí una cartita a papa noel, en el arbolito me esperaba una tímida casa de muñecas. Me sentí rebelde, viva, entusiasmada. Algo se encendió y una desfachatez infantil me llevo por caminos insospechados. Mentira. No eran insospechados, eran facetas que no me había animado a soñar ni a transitar, que coartadas por la insoportable necesidad de aprobación, quedaron sepultadas antes de nacer. Pero siempre hay una nueva oportunidad para dar vuelta la página, para barrenar una ola o dibujar garabatos inventados, para reírse sin motivo hasta que duela la panza o para hacer una pavada.
Pero la rebeldía no se apaga, el espíritu lúdico despertó, avivando la llama creativa que dormía. Como una escultura en piedra me voy construyendo, siento el cincel picando, sacando capas de roca petrificada con los años de seriedad innecesaria. Estúpida adultez, momificada, acumulando fracasos imaginados.
Bienaventurada rebeldía que aniquila lentamente a la tan elegante cobardía.
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